Balder, hijo de Odin y de la diosa Frigg, es también un dios de la luz, como Heimdall. Su belleza es tan fascinante que irradia una especie de resplandor en torno a su figura. En cuanto a sabiduría, ninguno de los Ases lo iguala. Basta verlo y oírlo para amarlo, por lo que no es de extrañar que sea el favorito de los dioses. Balder no sólo fue adorado en Escandinavia sino tamién en Alemania, donde fue muy popular. Una célebre fórmula mágica, en antiguo alemán, nos lo presenta cabalgando con el dios Wodan. En cierta ocasión, habiendo sufrido su caballo una torcedura, Wodan lo curó valiéndose de palabras que encerraban un especial poder. Sin embargo, las leyendas de Balder sólo se conservaron en los países del Norte, y, por lo general, se refieren al episodio de su muerte, debida a la malignidad de Loki.
Por espacio de muchos años, la vida de Balder transcurrió feliz y sin sobresaltos. Pero llegó un momento en que la perturbaron ciertos sueños y presentimientos siniestros, que Balder corrió a comunicar a los Ases. Como no había nadie que no sintiese por él un vivo afecto, todos se esforzaron en buscar remedio para los peligros oscuros que se temían. La diosa Frigg suplicó a cuantos seres y cosas se encuentran sobre la Tierra -el fuego, el hierro, las piedras y los minerales, las plantas y los árboles, las enfermedades, las fieras, las aves y los monstruos venenosos- se comprometiesen bajo juramento a no dañar jamás a Balder. Así lo hicieron, y desde aquel instante, Balder fue invulnerable. Los Ases, para recrearse, lo sometieron a diversas pruebas, colocándolo en el centro de su asamblea y disparándole flechas o piedras, o golpeándolo con sus armas. Sin embargo, ningún proyectil hizo blanco, y Balder superó esa coyuntura sin sufrir heridas ni daño alguno, en medio de las ruidosas carcajadas de los dioses. El espectáculo despertó en Loki una cólera mal disimulada. Adoptó la figura de una vieja encaminóse al palacio de Frigg y, haciéndose la ignorante, la interrogó acerca del motivo de aquel jolgorio. La diosa le explicó lo que había hecho con Balder, y como todo cuanto existe sobre la Tierra se había juramentado para no dañarlo. “¿Están atadas por esta promesa todas las cosas, sin excepción?”, preguntó Loki. ”Sólo un ser está excluído de ella -repuso Frigg-, una pequeña planta que crece al oeste de Valhall y se llama Misteltein (el muérdago), pues me pareció muy pequeña para pedirle un juramento”. Sin insistir más, Loki abandonó a Frigg y, recobrando su verdadera personalidad, corrió al lugar indicado por la diosa para arrancar la codiciada planta, después de lo cual regresó a la gran llanura, donde los dioses continuaban su diversión, consistente en arrojar dardos inofensivos sobre Balder. Una vez allí, acercóse uno de ellos, llamado Hod, que, por ser ciego, se mantenía algo apartado de los demás, y le dijo: “¿Por qué no participas en el juego, y te quedas aquí aparte, sin arrojar ningún proyectil sobre Balder?”, “Porque no veo, y además no dispongo de arma alguna” , contestó Hod. “Esto no debe preocuparte -replicó Loki-. Aquí tienes una varita, arrójala y yo te indicaré la dirección que debes darle.” Así lo hizo Hod, e impulsando con sus manos la rama de muérdago -pues no era otra cosa la varita a la que se refería Loki- atravesó con ella el cuerpo de Balder, el cual cayó muerto. Consternados, los Ases rompieron en amargo llanto por la pérdida de su delicado compañero, y con tanta más ira cuanto que su afán de inmediata venganza se vió obstaculizado por el hecho de encontrarse reunidos en un lugar consagrado a la paz y sobre el que no podía derramarse la sangre. En efecto, nadie se atrevió a transgredir la prohibición.
Cuando desapareció la cólera de los primeros instantes, los Ases comenzaron a deliberar, y Frigg preguntó si no habría entre ellos unos dispuesto a descender a los dominios de Hel -es decir, el reino de los muertos- para rescatar a Balder, caso en el cual, y fuese quien fuese el que se presentase, estaba dispuesta a concederle sus favores. Al punto, Hermod, uno de los hijos de Odín, saltó sobre Sleipnir, el fogoso corcel de su padre, y se dispuso a acometer tal empresa. Entretanto, los dioses trasladaron el cuerpo de Balder junto al mar, levantaron la pira fúnebre sobre una barca que perteneciò en otro tiempo al difunto, y colocaron encima el cadáver. El encargado de dar a la hoguera la consagración ritual fue Thor, quien alzó solemnemente su martillo mágico sobre la pira. Después se prendió fuego a los restos de Balder, y el caballo de éste, con todos sus arreos, compartió la suerte de su amo. Los funerales fueron presenciados por casi todos los dioses, y acudieroon a la ceremonia muchos gigantes procedentes del país de los hielos y de la alta montaña.
Mientras se tributaban a Balder los honores póstumos, Hermod continuó su carrera por valles profundos y tenebrosos, sin dejar de cabalgar, durante nueve días y nueve noches. Por fin llegó al río Gjoll, que rodea la región infernal y que puede ser atravesado gracias a un puente cubierto de oro. Allí se informó, de labios del propio guardián, de que Balder pasó por aquellos lugares la víspera, con quinientos hombres. Prosiguió Hermod su marcha y alcanzó, por fin , la reja que rodea los dominios de Hel. Volviendo a montar y espoleando fuertemente su caballo, éste, de un salto enorme, salvó la reja sin rozarla siquiera con los casocs. Por último, Hermod penetró en el palacio de Hel, y, en la gran sala, vió, ocupando el sitio de honor, a su hermano Balder. Como era ya tarde, dejó que transcurriera una noche antes de dirigirse a Hel. Pero al día siguiente enteró a la reina de los infiernos de la misión que le encargaron los Ases. suplicándole accediera a que Balder regresara con él a Asgard. Hel no mostró una actitud negativa ante esta petición: “Si todos los seres y cosas que hay en el mundo desean que Balder regrese a la morada divina, no seré yo quien me oponga a que recobre su libertad, pero si existe un solo ser en la Tierra que piense lo contrario, habré de retener al joven a mi lado”. Trasladó Hermod esta respuesta a los Ases, quienes se apresuraron a enviar mensajeros a todas partes con la súplica de que cuantos seres y cosas existen en la Tierra diesen pública muestra de su pesar.
Todo el mundo, hombres yanimales, rocas y arcillas, árboles y metales, se pusieron a llorar a Balder. Muy contentos volvían, pues, los emisarios a Asgard, cuando, durante su viaje, vieron en una hendidura de la montaña, a una hembra-gigante, llamada Thokk, que, al ser requerida para mostrar su aflicción, se negó a verter ninguna lágrima, alegando para ello que ni durante su vida ni después de su muerte le dispensó Balder ningún favor. “Que Hel se quede con lo que ya posee”. Pues bien: esta vieja no era otro sino Loki, que, ocultándose tras un disfraz, encontró el medio de convertir en desgracia irremediable el infortunio de Balder…
Mitología General. Dirigida por Félix Guirand; Editorial Labor, Barcelona, 1965.